20/10/17

Bocaditos (5 de 6): Doctor Mario

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Sala de espera de un hospital. Solo se escucha el sonido del reloj. Sesenta personas se miran impacientes. Señoras con su bastón, jóvenes con su móvil. Sonrisas incómodas. Seguridad social. 

Un hombre con bata blanca juega al Super Mario dentro de la sala del médico. Es perfectamente consciente de que hay una ingente cantidad de gente esperando, pero el hombre no quiere más pacientes. No puede soportar ver a otro paciente más, no puede soportar examinar a otro paciente más. Es feliz con su videojuego, simple y llanamente feliz, como no lo es desde hace años. No quiere volver a oír hablar del juramento hipocrático. Que le den por culo a todos sus pacientes. No quiere escuchar sus problemas de mierda. Ha bloqueado la puerta con la camilla y no va a abrir. Pase lo que pase, no va a abrir. No puede, ni quiere, ni tiene por qué aguantar más. Si alguien se atreve a cruzar esa puerta le va a lanzar a la cara los bisturís, las agujas, el modelo de calavera en yeso que tiene encima de su escritorio. Que les den por culo a todos. A todos y cada uno de ellos. A todos menos a ti, Super Mario. Yo lo que quiero es volver a ser un niño.


19/10/17

Bocaditos (4 de 6): Ars noctem [Bosnia]

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Un castillo negro construido en la cima de una montaña escarpada. La noche es oscura y la luna llena y roja espía golosa, semioculta entre las nubes. Un camino sinuoso entre los acantilados lleva hasta la puerta del castillo. Los árboles son fantasmas, y el silbido del viento corta entre las rocas. Afuera se escucha el sonido de las armas. Cientos de hombres intentan tomar el castillo. Las metralletas de los soldados disparan contra las sombras cambiantes y las alimañas nocturnas. El sonido se amplifica y se dispersa entre las laderas y los quebrados. Imposible saber su origen. Disparan contra su propio miedo. Dan vueltas en círculo en el camino sinuoso y cuanto más se acercan al castillo, más lejos de éste parecen estar, más perdidos y solos, más distantes los disparos. Escuchan gritos de terror y ven compañeros que caen ante un enemigo invisible. Otros soldados tratan de escalar por la escarpada pendiente sur del castillo y manos de viento cortan sus cuerdas, precipitándolos al vacío. Llegan más refuerzos con cuchillo en la boca y la moral más alta. Se escuchan más disparos. Las sombras son más grandes, pero todos los muertos son compañeros ¿Contra quién apuntan, infelices?

Hay personas dentro del castillo, atrapados con la figura de negro en la habitación más alta. El lamento de los rehenes se adhiere a las rocas y desciende por la escalera de caracol hasta el corazón mismo de la montaña. Por la ventana entra la luz de la luna roja y los gritos amortiguados de batalla. La figura de negro sonríe con confianza e indiferencia. Disfruta del sufrimiento agotado de sus víctimas, de sus quejidos que las horas han convertido en tristes letanías, de observar sus cuerpos semidesnudos arrastrarse por el suelo. Se alimenta de su miedo, antes que de su sangre, se alimenta del miedo. Él, que no le tiene miedo a nada. Él que no tiene que mirar por la ventana para conocer el resultado de la batalla. Se sienta en el trono y comienza a tocar el órgano. La música es un acompañamiento perfecto para todo lo que le envuelve. Ay, si fueran capaces de apreciar su arte, no todo el mundo tiene esa suerte. La mayoría de las personas mueren de forma banal, mueren sin haber experimentado nada. Ya no se escuchan ruidos fuera, mañana los soldados supervivientes dirán que no saben qué les derrotó. Revivirán esta noche en todas sus noches, en todas sus pesadillas. No saben las grandezas que puede lograr la estimulación precisa en un cerebro humano. La figura alza su copa. Cuerpos derrengados se arrastran por el suelo siguiendo su letanía. El órgano sigue sonando sin que nadie lo toque. Bebe un sorbo de sangre de la copa con sofisticación. Todo en este mundo debería hacerse con sentido estético. Este sufrimiento no es gratuito. Sentid el éxtasis. No hay nada más artístico que la línea entre la vida y la muerte.


18/10/17

Bocaditos (3 de 6): Cumpleaños

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La niña, una niña rara, una niña con el pelo raro y revuelto, y mocos por toda la cara, observa en silencio. Es la fiesta de cumpleaños de algún niño. Un jardín de chalet una tarde de buen tiempo soleado. Hay globos colgados de cuerdas entre un árbol y otro, y banderines, y carteles de “Felicidades Andrés”, y un payaso vestido de amarillo chillón, y papel de regalo roto por el suelo. Todo es obscenamente colorido. Los niños corretean jugando en grupos grandes de un lado a otro, persiguiéndose y huyendo, dentro de su lógica grupal; como una bandada de pájaros. Todos ellos manchados de tarta y con mocos colgando. Hay un par de perros que juegan con ellos, persiguiéndoles también y ladrando en círculos. Excitándose mutuamente los niños y los perros. Pegando mocos, los niños, a los otros niños y a los perros, los carteles, los árboles y los globos.

La niña rara no juega con los demás niños. La niña rara observa la otra mesa, la mesa donde están los padres a otra cosa, hablando de sus asuntos, de asuntos de mayores. Es un jardín enorme y permite que incluso con la algarabía de niños tengan cierta intimidad. Es un gran día, una gran oportunidad. Los padres llevan meses sin poderse sentar a hablar en confianza, sin niños. Son padres y madres con dinero, con poder adquisitivo, cada uno con su chalet con jardín, y dos coches y entre dos y cinco hijos cada pareja. Orgullosos de su prole, del tamaño de su prole. De que todos sean sanos y bellos. Hablan de amor y de lo maravillosos que son sus niños. Los domingos van a misa y les visten monísimos. Alguien pregunta que de quién es hija la niña rara que no juega y no deja de mirarles, pero nadie tiene respuesta en ese momento y el tema se diluye. Beben gin tonic con un montón de añadidos, pero prefieren no tomar tarta, porque engorda, dicen, y porque hay que saber separar los placeres adultos de los infantiles, piensan. De vez en cuando se acerca corriendo un niño mocoso y se mete en la boca un enorme trozo de tarta, feliz de que su madre sea tan tonta que no quiere comerse la tarta y así él puede comer más, y sale corriendo antes de que le puedan sonar los mocos, sale corriendo a jugar y trotar con los demás, y le resbala chocolate y trozos de bizcocho por la comisura de los labios porque el trozo que se ha comido era demasiado grande. Alguien observa la ironía de que, cuando por fin tienen un momento “libre de niños”, estos sigan siendo el centro de todas las conversaciones, pero nadie hace mucho caso y el tema se diluye. Están sentados en sillas blancas de plástico, sillas de piscina las llaman en el catálogo del centro comercial, aunque no hay una piscina en el jardín, quizá cuando los niños crezcan un poco y no haya riesgo de que se caigan cuando nadie mira y se ahoguen. Qué malos padres serían si eso llegase a suceder. La niña rara tiene un ojo de cada color, pero no es eso lo raro, es más bien la mirada en sí, incluso cuando parpadea, parece que no lo hace. Alguien saca el tema del cariño y los besos, de las diferentes formas de besar. Los padres charlan sobre sexo por primera vez con otros padres desde hace mucho tiempo. Qué alivio poder hablar de estas cosas. También de viajes y cine, y otras cosas que no pueden hacer ahora que tienen hijos, pero por supuesto merece la pena el sacrificio. Es lo más bonito que puede hacer un ser humano.

La niña rara les mira raro. Se acerca a la mesa con una sonrisa maliciosa. Le falta un diente y tiene los paletos separados, y juega con su lengua en esos huecos. Pega un moco en la mesa, después sale corriendo con una risita histérica y queda un hilo entre su nariz y la mesa, que se va alargando y alargando, como una ristra de banderines y pompas como globos.