4/5/17

Abdelkrím (I)

0 comentarios

Yo estaba aquí antes que tú, antes que tu padre, que tu abuelo. Trillé el primer grano de cebada del pueblo, comí la primera hoja de alfalfa, caminé por los caminos antes de que fuesen caminos. Te conozco, Paciano, te he visto crecer sin jugar, te he visto aprender los secretos de la tierra, el aire y las nubes, te he visto cuando eras un niño y cuando creíste ser un hombre, te he visto arar más horas de las que duermes, segar más horas de las que aras, aventar más horas de las que siegas.

Yo estaba aquí antes incluso de que aquí hubiese un pueblo; desde el principio de los tiempos, cuando el trigo era salvaje, la cebada no crecía en espiga y el centeno no se podía comer. Cuando el fuego era algo mágico e incontrolable, y el hombre vagaba siempre de un lado a otro.

He visto crecer todo esto, lo he visto transformarse del pardo al amarillo. He visto levantarse cada casa piedra sobre piedra y volver a caer. Te he visto crecer a ti, Paciano, y créeme que te conozco mejor que tú mismo. La diferencia entre tú y yo es que tú tienes raciocinio, pero yo tengo perspectiva: cuando hablas de los cuatro jinetes del Apocalipsis, yo veo, además, sus monturas. Sé que en la ciudad presumen de máquinas con la potencia de cientos de caballos, pero en unos años existirán ordenadores con una capacidad de procesamiento inimaginable y nadie dirá que tienen la potencia de miles de personas. Te falta perspectiva, Paciano, piensas que eres tú quien ara la tierra, que extraes de ella lo que necesitas, pero es la tierra quien te impone el ciclo de siembras y recolecciones, es ella quien te ata a un calendario estricto y te obliga a doblarte con la azada, quien se riega con tu sudor. Olvida tus jerarquías, no hay señoritos que valgan aquí, más que el sol, el frío, el calor y la lluvia.

Te lo digo yo, que llevo aquí desde el principio de los tiempos, antes de que los míos llevásemos suela de hierro, antes de que mi raza fuese dividida y se decidiese que algunos servirían para la guerra y otros serviríamos para el campo. Necesitas perspectiva, saber que hay un mundo inmenso más allá de estas tierras no te hace a ti menos pequeño. Conocer la edad del mundo no te hace más mayor o más joven. Pues, te lo digo yo, que he cabalgado por el tiempo y la distancia, que las semillas que tu siembras, tus métodos y tus costumbres, son esencialmente los mismos siempre, en todas partes.

A veces, en el encierro de la trilla, me da por pensar que el mundo fue creado el día que yo nací. No digo que fuese creado para mí, sino que como feliz coincidencia, mi existencia comenzó exactamente a la vez que la del mundo. Como las piezas —incluso las más insignificantes— del mecanismo de un reloj que empiezan a moverse todas a la vez. Cuando alcanzas una edad avanzada todos los problemas se reducen a tu relación con el tiempo. Me resultan incómodos los objetos antiguos, los objetos que pienso que pudieron ser creados con anterioridad a mi nacimiento. Me resulta inaceptable saber que la brida que uso ya estaba ahí antes que yo. Como si yo fuese la pieza que le falta a ella, como si yo hubiese nacido y mi boca hubiese sido formada con el propósito de que algo encajase en la brida y arase el campo. Ese campo viejo y vetusto; ese campo atemporal que se traga a nuestros padres y a cambio devuelve piedras.


10/4/17

Po wszechświata

2 comentarios

Me arranco esta nueva piel que tanto me cambia la cara, el gesto, la postura erguida y desafiante como un gallo de pelea. Mis plumas verdes — yo tuve un primo que las abría con los dientes — cacareo de humo, convivo en el hielo con las voces de un pasado que no me pertenece. Pero yo no quiero que cuides de mí, nunca he querido que nadie cuidara de mí. Incluso.

Aun en la mayor oscuridad nos quedan las manos. Las manos crean las constelaciones: distintas, voraces. Las manos hilan los hilos blancos. Los hilos autoluminiscentes, Casiopea, Perseo, Pegaso. Después de hoy no habrá universo, solo manos, y manos, y mi piel de plumas de acero.
Ese decir adiós sin decirlo, sin ruido blanco ni negro, ni trámite de hasta luego, hasta cuándo, basta cuánto, desgasta y sumando. Los ángeles famosos nunca llegan por ese lugar, ese lugar se queda con los que nunca necesitas, y te devuelve silencio de bambú que rechina los párpados.

Después de hoy no habrá universo. Hasta entonces soy fuego y tierra, podría arrasar la habitación entera, el edificio entero, la ciudad entera. Mi poder es contener todo eso en una risa. Quién pudiera tener la dicha que tiene el gallo. Y es tu risa la que me atraviesa como agujas, tu risa delgada como pajaritos fritos, como violines estirándose indolentes en una noche densa de perfumes. Si se concentrase usted un poco menos en ese barrer con su risa arriba y abajo... Que solamente Edgar Alan Poe podría describir una risa como esa. Polly, come home again.

Todavía tenía esperanzas en ti.

Es una bola de bolos contra un cristal, Atlas desea fervientemente arrojar el mundo contra el suelo; que estalle en una nube de pastillas y granos de café. El whisky late con un corazón propio. Bombea pulsiones irrefrenables como martillos que cantan sobre yunques sonámbulos. Los golpes secos de un rito primario; madera sólida contra madera hueca, música de máscaras y pintura sobre el cuerpo. Una fusión inevitable y salvaje: sexo, impotencia y violencia. Una tela que se rasga, un gong en una cajita de música; así, así deberíamos haber empezado el día que viniste.

(Si cantara el gallo rojo, otro gallo cantaría).




21/3/17

Abrir - Rewind

1 comentarios

Te siegan siempre las ideas por lo más bajo del tallo. Con un mechero bien afilado para que ardan antes de caer al suelo; no se vuelve a sembrar nada. Al fin y al cabo toda esta saga sería carne de papelera. El Big-Bang se congela leve en silencio, en su bariogénesis. El Big-Bang es una chispa desinflada, un chasquido mudo.

¿Has visto? Nada hay más vanidoso que pensar — que asegurar — que no doy puntada sin hilo. Qué fantasía, qué forma fatua de farándula. Coge el teléfono y marca un gol; ahórcate con el cable mullidito en espirales de oveja. Por eso soy como un libro cerrado, porque no había nada más sangrante que tu risa floja ante las erratas de mis párrafos desvestidos. Sangre sobre mis páginas: papel mojado. ¿Todavía me tienes miedo?

Nos abrazábamos con las venas abiertas de par en par de nuestros brazos abiertos de par en par. Imagina cómo nos besábamos.


Yo siempre quise ser un libro que se usa como rincón secreto, como escondite. Y que las palabras que queden enteras en los márgenes formen a su vez su propia historia, una que nadie se pare a leer por no ser el centro de atención, un mensaje oculto dentro de un elemento disfrazado. Como un enigma cuya solución es simplemente entender que eso es un enigma y no un error. Algo demasiado meticuloso, un poema más intelectual que estético. Algo demasiado pretencioso visto desde fuera, pero sería divertido intentarlo, entiende, que eso también es un juego.

11/3/17

Espejismo [Ariadna]

1 comentarios

Estás mirándote en el espejo de tu habitación. Sentada en la silla de tu habitación, mesándote el pelo con calma abstracta y mirándote al espejo de tu habitación con una media sonrisa. En el reflejo del espejo que miras no apareces tú, sino yo. Pero tú no reparas en eso, y te sigues acariciando el pelo distraída; sin ver que el pelo de tu reflejo es evidentemente muchísimo más corto que el tuyo, y que en frente de tus ojos tienes una cara que no se parece en nada a la tuya, y unos ojos que no encajan, y un cuerpo casi grotescamente alargado, como una letra "l". Tú no borras tu media sonrisa ni tu mirada leve, y yo por mi parte tampoco hago ningún gesto para avisarte de la confusión espejada. Fiel a mi papel, imito tus movimientos pausados y el ladeado de tu cabeza; tus pupilas y tus labios. Cada gesto hasta el mínimo detalle, con mimo de minino, soy muy bueno en eso. Me convierto en todo lo que le podrías pedir a un reflejo, con tu misma expresión mansa, tu bonhomía y tus ojos en el infinito.
Más allá de las apariencias, mi corazón late desbocado, mientras sonrío.

Lo fácil es ver la bolsa, no mi cabeza dentro de ella, y mi boca se pega al plástico buscando el aire, imitando su forma los polímeros negros y desdibujándose cuando se alejan de ella. Apnea-hiperventilación. Ya ves, a mí y a Buenos Aires nos falta siempre el aire cuando no está tu voz. Y en cualquier caso todo lo que podría gritar son afonía y babas. No respires. La bolsa aprieta. La ausencia de presente te hace impresentable. ¿Qué te da la ausencia de identidad? ¿Y si el partido dijese que no son cuatro dedos, sino cinco? La cultura es el analfabetismo. Es extraño, suena extraño, se lee el extraño, después de un silencio extraño. Pero procuro no dar puntada sin hilo, y la función de este hilo es que tú no puedas ser mi Ariadna. El arte es el desconocimiento. ¿Qué sonido hace un libro cuando rompes sus páginas? No te olvides del oxígeno, ni de la bolsa de plástico, ni las manos atadas ni los ojos vendados. No respires aún. Mind the bag, la bolsa apretando mi cuello. La mano apretando la bolsa. El mecanismo apretando la mano. La yugular que no encuentra salida. La virtud es la incultura. 
Si piensas que todo era una cuestión de desprecio, [sentirse odiado es una herramienta muy útil para salvarse de ciertos enfrentamientos con uno mismo y con otros mismos] si de verdad piensas que en algún momento el protagonista fue el odio, entonces vuelve a la casilla de salida y no saludes a los guardias. Rompe todos los espejos hasta convertirlos en polvo no-de-estrellas, de no-identidad. Quiero que los rompas, que los estrelles contra el suelo y los pises si es preciso.

Y entonces, de refilón, me asalta una idea extraña. Una idea incluso más terrible que la posibilidad de que tú no me vieses en tu reflejo, y es que sí lo hagas. Que me veas y que pienses que el reflejo eres tú y no yo. Que yo no soy un reflejo tuyo, sino que tú eres el mío.
Que pienses que yo me miro en el espejo y no soy capaz de verte a ti; que todo lo que yo veo es mi imagen en el espejo. Que no reparo en que el cuerpo del otro lado de la barrera de cristal es completamente distinto al mío.
Y que para complacerme, para defenderme de mi ingenuidad, has decidido imitar todos y cada uno de mis movimientos. Eres muy buena en eso.
¿Tu corazón también late?

10/2/17

Trescientos sesenta

0 comentarios


Volvióse como una noria, como un círculo boca abajo, volver a volver atrás en el tiempo.
Lo que se siente entonces no es rabia. La rabia es un sentimiento visceral. Lo que se siente es… ¿cómo llamarías a la rabia que hay más allá del desapego? Algo que quiere enardecerte por dentro, pero al mismo tiempo estás demasiado cansado para que te importe, demasiado más de lo mismo, la misma condescendencia, como si no hubiesen pasado ya suficientes años. ¿Ninguno de los dos hemos cambiado nada en todo este tiempo? Serán suposiciones mías o serán las tuyas. Un barco, un barco varado, oxidándose poco a poco, con grandes grietas por las que pasan el agua y los peces. Qué sonido hace un barco cuando se oxida. Cómo sonaría tu cuerpo si fuese de metal, de ácido, de las esquirlas que dejan los contextos fuera del tiempo. Algo tan superfluo que de repente se vuelve importante. En Bangladesh y la India desmantelan barcos de más de treinta mil toneladas. Sus dueños los dejan ahí y en unos días, un enjambre de trabajadores con soplete han desmontado hasta el último tornillo de acero y plomo. Así no puede haber ira. Lo que no se come el óxido, ni la sal, se lo come el soplete, poco a poco todo cae. Imposible no pensar en la imagen del cadáver de una bestia enorme siendo devorado por las hormigas. Arrancando primero las piezas más valiosas, y arrastrando después las más pesadas por la playa hasta los camiones, dejando huellas planas y pesadas a lo largo de la línea de costa. Llenos de sudor y sal y arena, con los ojos ciegos y quizá algún muñón antiguo. Haciendo eses por una cubierta ya casi desmantelada y propensa a derribos y accidentes. Haciendo fuerza con sus brazos delgados de nutrición insuficiente, con sus manos callosas. Y lo que queda es ese aire tóxico de plomo y asbesto. Y no será culpa de nadie, porque si no lo hicieses tú, lo harían otros, y si no, lo haría el propio mar, y ahora estaríamos hablando de cementerios submarinos y paisajes fríos y románticos y muertos e inaccesibles. Y te irías, Alfonsina, con tu soledad. Y con tu maravillosa habilidad para convertir la cobardía en arrogancia. Sobre todo eso. Espero que en lo esencial no cambies nunca, menos eso. Porque si no, qué triste, ¿no? sería que los barcos cambiasen y nosotros no. Cómo se llama la nostalgia de la rabia de la nostalgia. Nada hay más aburrido que una noria. La vida no puede ser esto. Barcos que son más sensibles al tiempo que nosotros: Acero carcomido que es más sensible que nosotros, que nuestro cardio carente de carenadura, ay, Carmela. Óxidos que aprenden, que escuchan, que evolucionan. Óxidos zen que aceptan lo salino y lo insalubre y entienden que no pueden controlarlo todo. Y respiran con el rechinar metálico de un barco varado en otra playa más.
Construir un faro, un faro alto y brillante y hermoso con el acero de los barcos. Con el acero sangre, el acero tercermundista. Y celebrar que somos únicos; prepotentes hasta para decirnos que nos echamos de menos.

 Cuanto más mires a la cabra, más se parecerá lo del fondo a un barco y menos a un avión.


9/5/16

Esfera

1 comentarios

I.

Ella susurra algo sin levantar la vista del suelo. Lo dice en segunda persona, pero más bien parece que va dirigido a sí misma, y no se preocupa de que yo lo escuche o no; y yo, por mi parte, ya he desistido de buscar su mirada en mi pupila azul. Dejo que sus palabras resbalen sin más, hasta caer en el silencio hasta el suelo, como todas las demás. Nuestras dos dimensiones, la suya y la mía, rara vez consiguen tocarse y apenas se comunican por algunas chispitas boreales que logran saltar de la una a la otra y nos hacen levantar la cabeza como si se tratase de grandes acontecimientos.

Sería interesante realizar un análisis externo de nuestras dimensiones mentales, que son como burbujas aisladas, entre ellas y también bastante de la realidad, a la que solo bajamos ocasionalmente para comer algo y para comprobar que la casa está totalmente helada y eso nos hace acurrucarnos aún más, en nuestras mantas y en nuestras burbujas, como caracoles árticos.
En cualquier caso, es mi esfera la que más en contacto está con el mundo, pero lo hace de forma retrospectiva, alimentándose solo de lo que ya ha pasado, de lo que queda atrás y no puede cambiarse. El presente me atraviesa y solo deja algunos restos inconexos a su paso, de forma que soy como un pescador que deja su red extendida durante la noche. Y solo recupera, tiempo después, los pedazos de realidad que la mar se ha dejado descuidados. De este modo, lo veo todo como en una especie de niebla, un letargo palpable, y cada pensamiento mío tiene que atravesarla; la mayoría se pierden en su propio laberinto. Así que lo que llega hasta mi conciencia nunca son más que migajas. Soy un cuerpo contenido en un mundo con el que no puede implicarse.
La esfera de ella está mucho más alejada de todo, flota a lo lejos, casi invisible, huyendo disimuladamente de cualquier elemento que se le acerque, buscando con gestos una soledad que a veces niega con palabras. Quizá el único contacto permanente que tenga con algo sea a través de sus gatos. Por eso, cada vez que me voy de esa casa, le susurro a cada uno de ellos — especialmente al negro — que la cuiden mucho, porque sé que ellos lo harán infinitamente mejor que yo.

Quisiera ser capaz de ayudarla, de darle las palabras o gestos o guiños para que salga de esta. Pero tuve que acabar aceptando que no puedo, que no hay posibilidad de sacar a otro de las llamas, y que esta es su guerra y solo suya. Además ahora ni siquiera soy yo mismo; empantanado como estoy, las paso putas simplemente para ayudarme a mí. Me resigno a mirar desde mi esfera, tratar de atravesar toda la niebla que la empaña, y echar ligeros vistazos en la suya, que se hace un poco más opaca cuando piensa que la están observando.
Quiero tirar del carro por los dos. Sacarnos de ahí, sacarnos de nuestras esferas y del frío que te congela los pies. Sacar las garras y arrancar de cuajo las lianas de dolor que la atrapan y la ensimisman. Sin embargo, lo cierto es que estamos los dos sentados encima del carro, que se hunde lentamente en el fango, mientras miramos fascinados a las musarañas que corretean por las ramas de los árboles. Ojalá todo fuese más sencillo. Quiero librarla de su dolor, aun desestimando el mío, dispuesto a arrancarme un brazo para usarlo de manta y cubrirla contra el frío... y veo entonces que ella se aleja un poco más de mí, y eso hace que su puñal se hunda un poco más hondo y le crezcan puntas nuevas. Ojalá todo fuese más sencillo. Ojalá pudiese usar mordiscos y no palabras.

II.


Hay veces que ella consigue salir un poco más de su esfera y comenta algo para mí. Algo que sí quiere que yo escuche, y que exige una respuesta interesante. Pero para eso tendría que desempañar mis pensamientos, tendría que actuar en el presente desde mi esfera de pasado, y froto con todas mis energías para quitarle todo el vaho y todas las enredaderas que recubren mi mente. Pero es inútil, parece que mientras termino de limpiar una parte, la anterior ha vuelto a ensuciarse, y así jamás puedo ver el cuadro completo, me encierro en pequeñas ideas circulares que son como estribillos repetitivos de canciones idiotas. No soy capaz de desvelar más que pequeñas piezas, y mientras tanto la respuesta exige prontitud. Mi mente es una tortuga bicentenaria a la que le duele cada movimiento y le dan tirones las telarañas del cuello. Así que respondo lo primero que tengo a mano, la respuesta preprogramada y estúpida. Eso que he dicho no soy yo. W*Ella me mira por encima del hombro y me hace ver que no soy lo bastante inteligente para estar allí a su lado. Lo dice con un comentario al aire, casi casual, y no soy capaz de demostrarle lo contrario, con una mente que ahora va con muletas. Lo dejo correr mientras veo su rechazo en la mirada, y cómo se aleja de mi cuando todo lo que quería era tenerla un poco más cerca. Entrar en su esfera y podría olvidarme del resto del mundo. Me siento inútil si trato de explicar que no soy así, que es algo temporal, como un niño al que han pillado haciendo algo que parece malo, pero él sabe que no es a mala fe.
Lo dejo correr como si nada, como si no hubiese ocurrido o no me enterase de lo que acaba de pasar. Me resigno, me empequeñezco y de dejo caer un poco más dentro de mi esfera, más borroso que antes, más alejado. Todo es un círculo vicioso.

Y me doy cuenta de que ella es la única persona del mundo que consigue que a su lado encuentre una profundidad de la soledad que nunca había llegado a sentir estando literalmente solo.

Y solo me queda añorar. Añorarla a ella y añorarme a mí mismo. Porque cuando vives en el pasado y el mundo se mueve en el presente inmediato, lo único que te queda y es propiamente tuyo, es la añoranza.



Decido salir con la excusa de comprar. Algo de comida, cerveza, cosas ligeras. Fuera hace menos frío que dentro, al menos los rayos de sol tratan de hacer algo para calentarme. Me entretengo más de lo estrictamente necesario para fumar un cigarrillo. Liberar la ansiedad en cada calada. Respirar nicotina, humo puro, aire no intoxicado. Fumar también mata. Al volver, sólo me atrevo a besarla después de haber comido. Mis labios apenas rozan los suyos antes de que desaparezcan, de que vuelvan al aire, aire viciado de la habitación, de la calefacción que no calienta. Trato de imaginar que se aparta porque no le gusta el olor a cenicero de mi boca, pero no consigo engañarme. Sé que el creciente desapego que me profesa es mucho más profundo que eso. Sé que pronto abandonaré la casa y ella pondrá trancas a la puerta y no dejará que vuelva a entrar. Sé que es una decisión que ha tomado hace tiempo, el no volver a verme, y convierte mi estancia aquí en algo más ridículo si cabe. Es algo que jamás me dirá directamente, y sin embargo está escrito en todas partes, en las paredes, en el frío, en su mirada, en los gatos, en sus labios - sobre todo en sus labios -  y entre las palabras sordas que se arrastran por el suelo.

A veces un gato que se cuela entre los pies. Otras salen huyendo en cuanto hacen contacto visual. Allí todo es de color blanco, las paredes y nosotros. Ella dijo una vez que odiaba el blanco por ser el color que se identifica con la pureza, pero este no es ese blanco. Nuestro blanco es un blanco roto, blanco deshuesado, blanco grisáceo, blanco niebla. Es un blanco que se deshoja, como el moho que recubre las mandarinas.


12/4/16

Melomanía y cosas que no son melomanía

3 comentarios

Nunca he sido capaz de comprender la cadena de acontecimientos que acaba provocando todas esas cosas inexplicables que ocurren en los festivales de música, pero quizá sea mejor así. Para mí, solo existe un principio (asistir al festival) y una serie de posibles finales concatenados, a cual más estrambótico. Pero el camino, la lógica de la resolución que lleva del punto A al punto B, está siempre borrosa. Y me gusta más así.

Todo este proceso festivalero ha acabado adquiriendo tintes de ritual a través de las repeticiones de ciertos patrones. También creo que es una de estas cosas que cada persona experimenta a su manera. Me sigue flipando que dos personas que viven una misma experiencia tengan impresiones tan diversas y las historias que cuentan sean siempre distintas. En mi caso, el festival ha terminado por convertirse en una búsqueda inconsciente del caos, por oposición a la rutina diaria. Una válvula de escape necesaria que explota en el momento adecuado. La entropía que cobra vida propia y se apodera de la mía.
Sea cual sea el proceso, lo evidente es que el fondo viene derivado de la música. La música siempre está presente, como núcleo, como músculo, causa y consecuencia. Y nosotros somos sus hijos, sus marionetas. En los festivales prescindimos de la primera persona. Le donamos nuestros cuerpos a la música y nos convertimos en entes que orbitan unos alrededor de otros. Ni más ni menos.

La música está por todas partes, como un fluido que llena una cúpula. Nace en los escenarios, pero está también en el camping, en los caminos entre un lugar y otro. Algunas personas sacan sus instrumentos y tocan, otra gente canta a gritos... o te la susurra al oído. Está dentro de ti y no puedes elegir no sacarla. Y después, como un trueno, llega el movimiento. Bailar es una necesidad inapelable. Nuestros cuerpos se convierten en la onda de choque que retumba tras el relámpago. Sin expectativas ni disciplina, solo ritmo.

La música siempre ha estado presente, la diferencia en los festivales es que allí ella se permite estallar y ser completamente libre. Recuerdo la canción que sonaba de fondo cada una de las veces que me he enamorado, recuerdo todas las canciones con las que he llorado, qué canciones sonaban en mi cabeza en todos los momentos importantes de mi vida en los que no había música a mano. Mezclar todo eso, agitarlo y concentrarlo bajo las carpas es un cóctel irresistible. Sensaciones pulsantes y contradictorias. Algo sobrehumano, imposibilidad de controlar emociones ni comprenderlas. Se desata solo; durante tres días nos convertimos en todo aquello que podemos ser. Cuerpos que bailan, que ríen, que cantan, que beben, que desean, que follan, que fuman, que se desesperan, ondulan y explotan.

No entiendo la gente que sostiene que hace más de treinta años que ya no se hace buena música. Es gente sin oídos, gente que escucha sus prejuicios en vez del sonido y dejarse llevar por él. Aquí la música te transporta. No es una frase hecha, si te dejas llevar por ella, si de verdad eres capaz de abandonarte y ponerte en sus manos, comprobarás que ella es una diosa, y que mientras suena una canción puedes desplazarte a otro lugar, y encontrarte con otras personas.

Estás follando con una chica rubia de pelo corto con un temazo de guitarreo espídico de fondo, parpadeas, y al volver a mirar te encuentras con una morena con la cara llena de pequeñas pecas bajo una balada indie, y te corres del susto. Los festivales son también un Mullholand Drive sexual. No tiene sentido analizar nada desde un punto de vista racional. No entiendo cómo ocurren todas esas cosas, cómo salto de una situación a otra. Parece como si los intermedios se perdiesen entre el alcohol y el insomnio, creando una amalgama de pseudorecuerdos que perfectamente podrían ser sueños. Estás saltando y dándolo todo en un concierto de un cantante que ni conoces, y al segundo siguiente descubres que tú, que siempre has sido paradillo y reactivo a la hora de ligar, tienes la cabeza hundida en el escote de una desconocida, y sus manos te atrapan para que no puedas, para que no se te ocurra, salir de ahí.

Perdemos nuestros cuerpos al ritmo, perdemos nuestra voluntad en el ambiente y en los demás, perdemos nuestra consciencia al alcohol (el Jaggermaister es amor-odio hecho líquido), perdemos nuestros alientos en bocas ajenas. De eso va todo, de perdernos. Abandonamos nuestro yo en la bebida, en la fiesta, en la música y en la droga. No importa. Lo importante es que en ese momento dejas de ser tú, para pasar a poder ser cualquier cosa. A mí me gusta convertirme en fuego e ir contagiando mi llama a todo el que toco.

Estás bailando junto a las caras pálidas de tus amigos en un momento que puede estar entre las cuatro de la mañana y el amanecer, y cuando abres los ojos de repente, estás en tu tienda, sin saber cómo has llegado hasta allí. Y vuelves a abrir los ojos y descubres que en realidad no era tu tienda, y tratas de salir de ahí sin despertar a la extraña que duerme sobre tu brazo (que a su vez se ha dormido) ni al extraño que te abraza por detrás. Intentando hacer movimientos delicados e imperceptibles, que en realidad son tan torpes que por poco no desmontas la tienda al salir, y sin saber ya de quién es el sudor que te empapa todo el cuerpo.

Hay momentos que el cansancio es tan patente que te olvidas incluso de cómo pensar. Cuando eso me pasa, me vuelvo incapaz de fijar recuerdos sólidos. Toda mi memoria del festival suele quedar en una amalgama surrealista de flashes que no se ordenar en el tiempo y que muchas veces no coinciden con las fotos que veo dos días después. Sin embargo, la música sí prevalece. Como telón principal, como única cosa que sí ha sido segura.


La mayoría de mis revoluciones personales han empezado escuchando una canción. A veces malinterpretaba la letra, o no la entendía bien, por estar en otro idioma y me pasaba años con un significado interno de una canción que después descubría que era completamente distinto. Me he masturbado más veces escuchando voces femeninas que viendo vídeos porno. El amor correspondido es cuando escuchas una canción y parece que el artista la ha hecho solo para ti, entre todas las personas del mundo. Nunca he querido aprender a tocar un instrumento; siento que en el proceso, con el trabajo que conlleva, voy a mecanizar el la música y dejará de gustarme como ahora. La primera vez que me colé en un concierto fue con doce años; de algún modo, el segurata se creyó que yo era sobrino de la vocalista. Las sensaciones que me ha dado la música no puede corresponderlas ninguna otra cosa. Esa sensación de caída dentro de uno mismo y al mismo tiempo hacia fuera es superior al paracaidismo. Si todo el tiempo que me he pasado en mi cuarto tirado simplemente escuchando música, sin hacer nada más, lo hubiese invertido en estudios o en leer algo, hoy en día sería un hombre de provecho.